Un corazón con chile habanero

Los amigos de Ángel Cervantes Fuentes estamos preocupados: este loco trae su corazón en la palma de la mano y, cuando alguien tiene hambre, él le ofrece su aurícula izquierda de botana, y cuando otro muere de sed, en cruda espeluznante, lo aprieta como una esponja y le da de beber su sangre, gota a gota, hasta que el desdichado abre los ojos y revive. Así, querido Ángel, no hay quien la libre, ni aún echándole chile habanero. Pero sus camaradas de parranda estamos además, sorprendidos, gratamente sorprendidos, por que ese fervoroso enamorado de los días claros y las tardes nubladas, ese poeta del vino y de la noche, ese custodio tenaz de los amaneceres, ese febril zapopano, hijo impenitente de Guadalajara, sigue en pie, carajo, alimentando con quesadillas de ilusión a medio mundo. Jalisco no se raja. Y por si fuera poco, parece más loco que nunca, lo cual es una buena señal de poderío. Ahora nos preocupa que algún ladronzuelo se quiera robar su noble víscera, tan expuesta al peligro, para sembrarla en un surco de tierra blanda, regarla con lágrimas de mujer, y luego ofertar una cosecha de corazones en el complejo mercado de la vida, donde tanto escasean la amistad, el amor, y la esperanza. El día que conocí a Ángel, ya a la noche, tuve la esperanza de ser para siempre su amigo, y escribí esta décima que hoy le regalo, encarnada en prosa. "Mercado, casa del hombre, unos vienen y otros van, buscando entre panes pan y entre tanta voz, un nombre. No hay cosa aquí que te asombre, oro, barro, vida, muerte, cuatro monedas de cobre. De todo, con tal que sobre, ¡Para que pueda la suerte sacar de pobre a este pobre!". Yo he visto a Ángel estremecerse hueso a hueso ante la inesperada foto de su padre que un vecino cortés le obsequiara, en la fiesta que regaló a cien amigos para celebrar por lo grande la fecha luctuosa de su propio cumpleaños. "Mira, es mi jefe: hoy llego a la edad de él en esta imagen", me decía emocionado, y se dejaba arrastrar hasta el pasado de una infancia que, no sé por qué, supongo allá en el fondo desdichada. Sólo alguien que conoce el dolor escribe de una manera tan desnuda esta oración: "Los grandes crímenes de mi infancia sucedieron a los 6 y 8 años". El viejo Ángel me ha contado cómo se le murió en los brazos el viejo Waldo, gran amigo cubano, buscavidas y mujeriego, malhablado y sabio: abre sus manos rudas para decirme que era como un pájaro que había venido a expirar en su pecho. Al revivir la escena, conmovido, sentí que Ángel moría un poco, bien adentro, desde los riñones mismos de su alma. Yo le acaricie su corazón, que para entonces él había dejado sobre la mesa de las tortas ahogadas y vasos de cerveza. No le da pena llorar, como lloran los hombres: siempre niños. "Un día asesine mi miedo y no volví a saber de él, casi nunca", escribió. Le he escuchado leer los cuentos que ahora nos entrega en su (nuestro) libro, y así lo evoco: entre frase y frase hace una pausa para colar un comentario que da entrada a otra anécdota graciosa, y al momento de buen humor sigue un juicio critico sobre la mala suerte de sus amigos pobres ("Mi tío Arnulfo era un perdedor, por eso lo recuerdo con tanto cariño", leo en su libro), y a la sentencia demoledora, un simple chiste de gallegos, no sin ternura. Solo después de muchas volteretas (va de Barcelona a los Ángeles, de Zapopan a La Habana, como un acróbata que realiza, en el trampolín de la platica, saltos y más saltos, algunos de ellos, en verdad, mortales), retoma el hilo del cuento original. Vuelve al orden de la lectura. Lee bien por que ama la palabra. Dicen que en su casa tiene una espléndida biblioteca desordenada, claro. Que todo lo que gana, o buena parte, lo gasta en libros. Cada novela, para él, es el mapa de un tesoro. Ángel los encuentra. Los hace suyos. Se impone una pausa. Aprovecho esos segundos de paz para guardarle el corazón en el bolsillo. Arrepentido de su ocurrencia, se la calla. Cuando termina el relato, en una sonrisa, todos quedamos boquiabiertos, con ganas de seguir escuchando la entrañable verdad de sus mentiras. Le agradezco, de hermano a hermano, que me haya invitado a estar también en una hoja de su libro, por que así los que lo lean sabrán de una vez cuanto lo quiero, y si alguno piensa que escribo esta nota por el cariño que le guardo, tendrá apenas la mitad de la razón, porque lo cierto es que el libro de Ángel es uno de los más sinceros que he leído en muchísimo tiempo. Son historias vividas en voz alta, en carne viva, antes de que la paciente Neus las pusiera en orden, letra a letra. Gracias al oficio y talento de Neus, la prosa se oye, se lee con el oído. Quien no conozca a Ángel, podrá hacerlo en su libro: ambos tienen, y cómo late, un solo corazón. Gracias, amigo: tu sangre, una tarde, me volvió la vida.

Eliseo Alberto

 
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