El zapato maternal.

Zapopan, Jalisco, México, 1965.

El zapato maternal.

Qué bonita la Chata García, limpiecita y formadita en la fila de las niñas y qué remendados los huaraches de Gelito en la fila de los niños, mirando a la chiquilla desde el piso de arriba a la espera del silbatazo.

Y tarán, tarán, taraaaaan, marchaban los niños al salón en la escuela zapopana, Primaria Urbana Foránea 183, donde acudían todos los chiquillos del barrio y de otros barrios, las niñas a sus salones en la planta baja y los niños en la alta, sin exclusividad social en apariencia, porque muy en el fondo y en la forma, Gelito siempre esperó todo harapiento que la chatita respingada, planchada y bien peinada, volteara a mirarlo aunque fuera un poquito. Por eso, en su tercer año de primaria y sin ser lo que se llama uno de los mejores ejemplares en aplicación y pulcritud, se lanzó a la guerra, aunque mejor dicho, a la banda de guerra por pura pasión.

A la pregunta optimista de la maestra, el niño de un brinco en el mesabanco se ofreció a tocar la corneta, el tambor o lo que fuera con uniforme bélico y todo en el único afán de una miradita, aunque fuese chiquita de la bonita García.

Y ¡zas! que se armó la revolución en la humilde casa de la familia Cervantes, porque eran un gentío de hermanos, de 17 se murieron 6 al nacer y ya restándole, sumaron 11 en total. El pretencioso Gelito, si mal no recuerda era como el séptimo. Y había que comprar zapatos caros, caros y papá no tenía dinero y mamá que cosía ajeno tampoco y con eso de que le dieron la corneta, pero tenía que comprar la boquilla, los gastos ascendían a cantidades insospechables.

Pero Gelito inspirado en la chatita, hizo de todo para conseguir tres pesos con cincuenta centavos que era lo que costaba la boquilla, la maestra le pidió sus zapatos nuevos obligados, así que, mientras, a gritos y sombrerazos papá y mamá adquirieron los finísimos zapatos tipo mocasín, Palermo Canadá en 39 pesos.

Para adquirir la boquilla tuvo que ahorrar 5 centavos diarios y sacrificios dominicales como no ir a la casa de Doña Silvina Provincia a ver televisión, así que los 5 centavos que iban a parar al bolsillo de Doña Silvina irían a la alcancía para completar la friolera de 3 pesos con 50 centavos.

Y entonces el día llegó y otra vez tarán, tarán, taraaaaan a marche que marche, ahora bien vestido, con corneta, boquilla, zapatos y todo se fue a la banda de guerra, la chatita ni lo miró y él, resignado y lloroso se volvió a poner los huaraches, hasta que llegaba el domingo y con éste la misa en la Basílica, a la que acudía sin falta el niño Cervantes y la noble familia García. Entonces volvieron a aparecer los zapatos tipo mocasín que muy finos, muy finos, dejaban ampollas hasta en los ojos del pobre Gelito.

Y la misa terminó, la chatita ni lo miró y el enmocasinado caminó rumbo a su casa, pero en el barrio no había alumbrado público y nomás un foco iluminaba media cuadra, y la cuadra tenía niños que jugaban al futbol y los niños eran amigos de Gelito Cervantes y por eso le pasaron la pelota y en la mente de Gelito Cervantes pasó como rayo la advertencia de Doña Rosario: y cuidado con jugar futbol, pero la pelota ya le había llegado con las voces de los chiquillos: o no te animas porque traes zapatos nuevos, y no se rajó de puro niño o de puro inconsciente, porque en una de ésas, después de pases con chanfle, tiros a gol, chilenitas, de un patadón el zapato mocasín derecho Palermo Canadá que había costado los sudores familiares, al precio de 19.5 pesotes, voló. Él aturdido sólo veía su zapato elevarse y elevarse, giraba como hélice de helicóptero, quería que no subiera más, pero el zapato subía y subía al techo de la casa que fue de Lupita Muñoz García, abandonada ya y cerrada con todos los candados posibles. Con un grito ahogado en su garganta vio cómo el Palermo de $19.50 pegó en el filo de la azotea y en un segundo de suerte creyó que caería hacia la calle, pero ¡mala suerte! se fue en sentido contrario.

-¡Mi zapato!

Y ni volando se podía subir a la teja del condenado inmueble que quedaba exactamente en medio de dos casotas intrepables y ahora sí que ni alas, ni la chata, ni cuerda, ni el cura de la iglesia, ni zapatos, ni guerra, ni escalera, ni vergüenza.

-!Mi madre!

Y sí, su madre María Gobina Escolástica del Rosario de Cervantes, símbolo incorruptible de la manutención familiar, preguntó:

-¿Y el otro zapato?

-Pues yo venía de Misa y luego unos chiquillos me pasaron la pelota y se me fue el zapato y ...

-No jugaste futbol, ¿verdad?

Y ¡Zaz! Doña María Gabina Escolástica recibió la explicación con una santa cinta métrica que le dejó al inconsciente Gelito toda la numeración marcada. Y nuestro Gelito durmió calientito. Al día siguiente, con huaraches y sobre aviso de no jugar ni canicas, se fue a la escuela entumecido de tanto cintarazo y sacrificio. Y la rutina siguió siendo rutina, viendo desde el segundo piso a la Chatita bonita, los domingos a Misa y precisamente uno de esos domingos se volvieron a cruzar los amigos futboleros a la media cuadra y los amigos lo volvieron a recibir dichosos con una reverenda burla porque le pegaba su mamá.

-Eeee, eee, por eso no juega. El Gelo no juega porque su mamá le pega.

-Ah, cómo no, si juego, pero de portero. Y de portero fue a dar y como portero huarachudo se fue a barrer en un remate contrario, que hizo que la suela de llanta fuera a quedar embarrada en una piedra que nadie supo cómo, se le atravesó en el camino.

-¡Mi madre!

La suela de llanta quedó en un lado y las correas aún en el pie de Gelito desparramados cual bigotes de pescado bagre. Al llegar a su casa con un huarache puesto y el otro, o más bien los despojos del otro, bajo el brazo. Y la santa Gabina Escolástica lo fue a recibir con la misma pregunta:

-Jugaste futbol, ¿Verdad?

No mamá, es que me volvieron a pasar la pelota y le tiré la patada y me trompecé y luego... Y luego Gelito volvió a dormir sin cenar con la numeración de nuevo en sus glúteos. Lunes por la mañana, desayuno listo y Gelito listo a partir a la escuela, su madre le pregunta:

-¿Y qué pasa?, ¿Vas a ir descalzo a la escuela?

-Si, pues no tengo qué ponerme.

-Claro que sí tiene que ponerse mi niño.

-¿Qué?, ¿Sí tengo qué ponerme?

-Claro, mi niño, un zapato izquierdo y un huarache derecho, así que, ¡poniéndoselos!

-Pero mamá, es que...

-Nada de mamá, se los pone y ¡a la escuela!

Gelito saliendo de su casa se agachó dispuesto a quitarse de encima semejante burla, pero sintió que alguien lo miraba y ya casi para quitárse el zapato y el huarache volteó hacia arriba, así en cuclillas, y ¡oh! sorpresa, su madre lo observaba. Así que sólo atinó a rascarse el tobillo y Gelito se fue a la escuela con su zapato mocasín Palermo Canadá en el pie derecho y su huarache de llanta en el pie izquierdo. Decidió quitárselos antes de entrar a la escuela y además tenía que esperar a que dieran el toque para la entrada y que no lo viera la Chatita García.

Y ¡Tal cuál! Sonó el toque e hizo tiempo deliberado para que entraran todos sus compañeros y los que no, también. Sabía que el castigo por llegar tarde era barrer el salón a la hora del recreo, pero no importaba. Todos estaban ya en su salón de clase y Gelito se sentó en la entrada de la escuela para quitarse sus calzados y en eso que llega un coche grande y azúl del cual bajó la Chatita García y tarán, tarán, taraaaaan, efectivamente logró que la hermosa, planchada y pulcra Chata García, con cara de Monalisa se fijara en él y se muriera de risa.

 
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